GUZMÁN, DELANTERO Y DEL LOBO

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Ilustración: Costhanzo.

Por Ezequiel Scher, publicado en Cenital

Martín Guzmán quedó en el epicentro de las pupilas argentinas cuando esta semana cerró el acuerdo de deuda. Desde sus redes sociales, Gimnasia y Esgrima La Plata saludó al ministro de Economía y a Marcelo Delmar, representante del consorcio de acreedores privados. Meses antes de la apertura de la negociación, los dos mantuvieron una conversación que comenzó asumiendo el primer punto de coincidencia para una buena relación: ser triperos. Desde el Estado, el hijo de un histórico profesor de tenis en el club. Desde los bonistas, el hijo de Héctor Delman, presidente en cinco mandatos del Lobo. Factor nunca menor: Diego Maradona es su entrenador.

Desde ese dato podemos comenzar las historias y anécdotas deportivas del  discípulo del Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz:

Ricardo “Topo” Guzmán fue profesor de tenis en Gimnasia durante décadas. Sus hijos educaron el mismo deporte en el club. En la cancha 4, la que queda abajo de una de las tribunas del Bosque, de cemento, Martín empezó a destacarse en la raqueta. Es un jugador de fondo, lanzador de tiros cruzados con efecto. Haber aprendido en esa superficie lo preparó para defenderse en Nueva York, donde el US Open es la referencia.

Por su padre, se volvió hincha de Gimnasia. La adolescencia lo agarró con la magia del equipo de Timoteo Griguol. Guillermo Barros Schelotto era su ídolo. Para esos días, iba a la tribuna Centenario. Luego, se pasó a la platea. Ya vivía en Nueva York, estaba de pasada y su vuelo de regreso caía en el partido de vuelta de la histórica Promoción contra Atlético Rafaela, en julio de 2009. Lo vería un poco por tele y después se iría al aeropuerto. La ida, en Santa Fe, había salido 0-3. A los 43 minutos del segundo tiempo, los de Madelón ganaban apenas 1-0 y tenían dos jugadores menos. Toda la magia del mundo cayó sobre Franco Niell, metió dos goles y zafaron del descenso. Guzmán llegó sobre la hora al avión, pero seguro de que el Lobo se quedaba. El video es emocionante.

El descenso era una rampa segura para Gimnasia, en 2019, hasta que apareció Maradona. Guzmán llegaba al cargo de ministro de Economía, Diego visitaba a Alberto Fernández y él aprovechaba para llevarle una camiseta y una pelota para que se la firmara. El 10 fue el ídolo de toda la vida. Todavía en su familia recuerdan las dos horas que lloró cuando su madre entró al cuarto y le anunció, en 1994, que a Diego le habían cortado las piernas. El coronavirus suspendió los descensos en Argentina y, otra vez, zafaron. En los chats con los amigos, se dio manija con el rumor de la llegada de Ronaldinho al Bosque. Pero el brasileño continúa preso en Brasil.

De enganche o de delantero, con las medias bajas, Guzmán tiene una obsesión juegue donde juegue: saberse los nombres de los compañeros. Barrio Jardín se llama el equipo que comparte con su hermano. La nomenclatura es en honor a la zona popular de La Plata donde nació. Con esos colores, la leyenda cuenta que metió su mejor gol: en el predio La Selección, contra el Crisfa, el partido se moría con derrota por 2-1 cuando uno de los centrales de su equipo, en vez de salir jugando, detectó a lo lejos que el futbolista que sería ministro tiraba una diagonal de izquierda a derecha. Viajó el bochazo, él corría mirando para atrás, cayó cerca del área, el arquero venía saliendo, la agarró en el aire y la picó.

En el doctorado que hizo en 2012 en la Brown University brilló en un particular equipo del Departamento de Economía. Ser de los años avanzados obligó a sus integrantes a convertirse en un conjunto mañoso que pudiera lidiar con la juventud de los primeros grados. Viejos mañosos y nerds: nadie, por estereotipos, podía catalogarlos de candidatos. Guzmán, admiten sus compañeros, estaba por encima del nivel grupal. Se desempeñaba como centrodelantero, se asociaba con los demás y era el goleador del campeonato. En la final, contra un rival con cierta historia, iban perdiendo 1-0. El ministro encaró, un rival le pegó una patada, la pelota rebotó y entró. Se quedó tirado en el piso. Alguien llegó para festejar y él sollozó que se había roto. Le propusieron salir y su rostro adquirió su típica seriedad: “Mirá si voy a salir ahora”. Sobre el final, metió el gol del campeonato. Sin celebrar demasiado se fue al hospital. Los estudios le dieron doble fractura en el pie. Ese mismo día lo operaron.

En Estados Unidos, en la escuela de política y gobierno de Columbia, continuó sudando en el césped. Frecuentaba las canchas públicas de Riverside Park, frente al río Hudson. Esto es lo que dijeron sobre su estilo quienes allí lo vieron: “No es un jugador particularmente rápido, pero cuida muy bien la pelota. Le gusta pedirla para iniciar y crear hacia adelante”. En esta entrevista en Clarín, confesó que su bebida preferida es el agua. En consonancia con la vida deportiva que lleva, no usa ascensores, se ejercita en escaleras y, cuando puede, sale a correr.

En una entrevista en TNT Sports, Alberto Fernández confesó: “En la Quinta de Olivos jugamos el equipo de Casa de Gobierno contra los ministros. Tengo un duelo enorme con Guzmán, que es un extraordinario jugador de fútbol, pero hasta acá le vengo ganando. La primera vez que jugamos me hizo un gol de otro mundo, me pateó de afuera del área y la vi entrar en el ángulo. Desde ahí me agarró mucho odio porque no le dejé hacer un gol nunca más».

En los picados en Olivos, compartió delantera con Maca Sánchez, futbolista de San Lorenzo y titular del Instituto de la Juventud. Así define a su compañero de ataque: “Es un jugador con talento, gambeteador, encarador. Es serio, no habla en la cancha, pero juega muy bien y es muy solidario con el equipo, siempre baja a recuperar cuando perdemos la pelota. Es de esos delanteros que juegan en equipo”.

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