UN VIAJE, UN ENCUENTRO

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El arquitecto Luis Díaz repasa su viaje por Italia. A través de la similitud entre la pasión popular de los Napolitanos y Triperos, elegidos por Maradona, construye un puente entre Nápoles y La Plata.

(*) Por Luis Díaz

Nápoles 2013, llegamos de Sicilia, habíamos ido a ver la luz, los monumentos blancos y el mar azul. También viajamos para estar ante La Annunziata, la genial pintura de Antonello da Messina del 1400, que cubría su cuerpo y su cabeza con un manto color azul, queríamos poder sentir la vibración de la virgen recortada contra el azul oscuro del fondo y estar adentro de la niebla blanca de Erice que difumina todo, hasta la realidad.

El napolitano Antonio Sabello nos llevaba con orgullo en su nuevo coche blanco a  Santandrea de Castronuovo. Recuerdo el sol de frente y el aire fresco que entraba por las ventanillas, íbamos por el Parque Nacional Di Pollino, un bosque grande, cruzábamos en forma transversal el sur de Italia. Sabello hablaba todo el tiempo mientras manejaba, con un pequeño toscano deshilachado entre los labios. Hablaba de Diego y repetía con mucha emoción “¡Es lo más grande que hay!”. Apenas si pudimos pasar el aviso de que éramos de Gimnasia.

Cuando empezó a contarnos el viaje en tren a Rusia, repleto de napolitanos con las banderas celestes con 30 grados bajo cero, entrar en la Estación de Leningradsky, en Moscú, e inundar la Plaza del Kremlin, la cancha de hielo y la locura de ver al Diego, la fuerza de ese relato entrecortado por la emoción rápidamente me transportó a mis viajes  en tren. Toda la gente, las banderas, los ruidos de los trenes, el humo, los pibes en los techos, pasar sobre el viaducto a los tiros y entrar en Constitución, o en Avellaneda, o en San Martín o en la Gare de Lyon y el “Gimnasiá, Gimnasiá”, que muchas noches no me deja dormir… Creo que por primera vez sentí envidia de otro hincha, de no haber estado en ese tren con el Chiquito Danel, cagados de frio,  en la soledad de esa Plaza inmensa con las banderas y el Chiquito con mocasines y look Alfredo Zitarrosa, fumando, peinado con gomina, con traje cruzado, mientras nevaba.

Al rato llorábamos los tres entre los cuentos y por la vida, tomando un café. Terminamos abrazados.

Yo sentía en mi corazón como golpes desafinados a Diego, a Constitución y Gimnasia. A Teresa se le juntaba todo eso y no paraba de llorar, estábamos a 2 horas del lugar desde donde 122 años antes había salido su abuelo para Lobos y nunca había retornado. Solamente el sol, los árboles y el silencio fueron testigos de la escena.

Hace de esto 7 años. Hoy estaríamos los tres contagiados de este virus, que me permite al menos recordar en mi casa los viajes, los trenes, las banderas y a Maradona. Nápoles es un enorme hacinamiento, con historia, con arquitectura, atravesada por pestes, cientos de altares callejeros, motos, gritos, mujeres y ropa secándose en las calles sin sol. Es ideal para ir con Gimnasia y Maradona a jugar al San Paolo.

Es una ciudad tan extraordinaria que en determinado momento, luego de varios días de estar ahí, Teresa me dijo: “o nos vamos mañana o nunca más, me estoy volviendo loca o napolitana”. Nos identificábamos con esa gente escandalosa, tierna, intensa, gritona y creyente que había conocido a D10S y tenía a San Gennaro como protector a domicilio.

Habíamos vivido, recorrido, hablado, estábamos cansados y cuando vimos el Vesubio de Andy Warhol, decidimos partir al otro día. La última mañana caminábamos en Spaccanapoli, desde la Piazza del GesúNuovo por Via Croce hacia el Duomo, entre la muchedumbre, las mujeres idénticas a la Lorencon, las compras del mercado, los viejos sentados en hilera, los ruidos, las motos, los curas, los chorros y las camisetas celestes.

Y en una de las calles cerca de Santa María Maggiore o a la vuelta de Biagio del Librai, o más allá de Bellini, encontramos el Tempio di Diego. Quedamos helados, como si se hubiera hecho invierno de golpe y formáramos desde siempre el paisaje de los altares populares. Al acercarnos vimos la Stampa de San Gennaro, il patrono diNápoli, y en el borde de la imagen, escrito con birome y apareciendo desde el mismísimo cráter del volcán, grabada en el subsuelo de Nápoles, “La 22”.

Fue tan mágico, Diego Armando Maradona y la 22 tan cerca en un escenario tan sagrado que pensé, incluso, que quizás lo escrito era un borde de ese andamio santo. En ese instante y no en otro, sin mirarnos y jugando como siempre de memoria sentimos que nuestras vidas vivían un momento irrepetible. Podíamos irnos esa tarde a Roma o quedarnos definitivamente…

Nos llevamos 2 fotos, el olor de Nápoles en nuestra ropa y la esperanza o las infinitas ganas de tener nuestro altar en el Templo de La Plata. Tomamos el tren de 15:22, llegamos a Roma casi sin hablar e imaginando ese altar.

Buenos Aires, 15 de mayo de 2020

Dedico este relato a Antonello di Messina 1430-1479, por todo
A Sergio Denis 1949-2020, por prestarnos su música para cantar “vamos los triperos…»
A Francisco Loiácono 1935-2002, por la inolvidable primera vez que fui al bosque.
A D10S, por elegirnos, por acercarnos al cielo.

(*) Arquitecto, autor del proyecto de remodelación de la Tribuna Néstor Basile, ex vicepresidente de Gimnasia.

#Foto de Portada: www.futbolclub.com

Foto: Fabricio Vicente Falco (Triperomaníacos)


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