QUE DIGAN LO QUE QUIERAN

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Nunca fui adepto a la metáfora de “parar la pelota”. Los grandes jugadores, incluso aquellos que distribuyen y ordenan los avances y retrocesos son los que piensan con el balón en movimiento, con pocos espacios y en velocidad. Con todo eso en su contra toman buenas decisiones. En el fútbol argentino ese tiempo muerto no existe.

Así está Gimnasia y así todos nosotros. No nos tomamos estos días de demora entre la derrota y su reflexión para “parar la pelota” sino porque se deben bajar los humos para escribir con claridad. Además, la vida deportiva del Club está frente a etapas clave en todas sus disciplinas futbolísticas y no queremos dejar fuera a esos ámbitos que también nos ayudaron a reflexionar sobre las siguientes líneas.

Hablar del recibimiento, de la lírica y el pueblo, denostar la inauguración de “uno” ya lo hemos hecho muchas veces. Claro que nos place, pero sería mirar para otro lado o peor aún: mirarnos desde afuera y no desde adentro.

Hay un drama que persiste y parece enquistado en nuestra identidad, confunde a propios y ajenos. No es nuestra identidad, simplemente se ha agarrado de ella. La advertencia que pretendemos brindar, humildemente pero ciertamente preocupados, es la interpretación de ese drama, de su comprensión para darnos cuenta de que no son nuestra identidad, sino una circunstancia que se nos quieren endilgar como característica.

El fútbol argentino, los medios, los de enfrente, han ganado una batalla clave contra el corazón de Gimnasia. Fue hace muchos años, y por eso difícil rediscutir su resultado. 131 años sin salir campeón es lineal y objetivamente mentira. Pero han logrado que lo asumamos como verdad. Cualquier intento de revisionismo histórico es rechazado por ajenos y silenciado por propios. Nos han convencido de la barbaridad aberrante de que perder es parte de nuestra identidad.

Hoy van por lo mismo y, lamentablemente, no estamos haciendo esfuerzos por detenerlo. 13 años de derrotas en el clásico no es menor, pero de ahí a hacernos asumir y aceptar inferioridad, hay una brecha innegociable. Innegociable en su totalidad. Innegociable ante la yunta y ante los de adentro. No podemos perder otra vez. Y no hablamos estrictamente del resultado deportivo. No podemos perder nuevamente otra batalla, que termine asociando a nuestra identidad con el resultado o, todavía peor, con el resultado negativo.

Foto: Kaloian Santos Cabrera.

Me niego a ese Gimnasia. Me niego y por eso lo combato. Me niego, lo combato y por eso lo debe combatir nuestro fútbol profesional y su gestión.

Luego del último enfrentamiento, de mismo resultado en 25 y 32, lanzamos “Griten cagones”, señalando errores futbolísticos, dirigenciales y generales que habían propiciado la derrota por la fortaleza de una concepción enemiga. Sin la misma vehemencia pero con el mismo eje, recomendamos volver a ella para revisar la coherencia y continuidad de lo que destacamos.

El 2006 fue el año bisagra para la yunta. El pelado retornó con una comprensión global de la ciudad y de lo que le faltaba al club. Entendió que debía apostar a inferiores, que debía realzar su propia identidad y que, después de años de traspiés, debía adueñarse del clásico. Así construyó su poderío futbolístico que hoy sólo mantiene cómo rémora del pasado. Sin embargo, la supervivencia de aquel envión, es a costa nuestra.

Aquí hace años que esperamos nuestra bisagra. Hace años que esperamos que se termine el divorcio identitario que existe entre Gimnasia y su fútbol profesional.

Lamentablemente no lo entendió Méndez, tampoco lo entendió Diego en el plano futbolístico. El partido del último domingo estaba hecho para ir al frente. Para levantar la presión y ahogar al rival, para tomar el empuje de la gente y jugarse todo por el todo a ganar. Se jugó al empate, a no perder y esa fue la decisión madre de la caterva de errores cometidos. El partido fue nulo, fue neutralizado por decisión de ambos. Empezó, no sucedió nada y, 90 minutos después, lo habíamos perdido.

Podríamos hacer un análisis minucioso, al que estamos acostumbrados ya después de cada derrota en esta temporada. Podríamos decir que no hubo claridad en los volantes y mucho menos en los delanteros. Que la dupla de centrales regaló el gol junto con la inseguridad de Martín Arias, que Lucas Licht quiso entrar en un juego verbal del cual huyó rápidamente y sin resultados, desconcentrando a todo Gimnasia. Que las líneas de 4 del rival fueron sólidas por ósmosis, no tienen calidad pero tenían el convencimiento que le faltó a los triperos. Tijanovic -otra vez- fue ímpetu con malas decisiones, lo mismo que Contín. Que no se ganaron los duelos laterales para llegar a tirar buenos centros ni se aprovechó la técnica en velocidad de García y Vargas para romper la defensa cerrada. Que en el banco estaba Spinelli y no Velázquez, por lo que para tirar centros al área metieron a cabecear a Maxi Coronel y al rubio, natural y lógicamente, sin éxito.

Es muy fuerte y es peligroso. Estamos a tiempo de resolverlo. 13 años es mucho pero no es más que algunas otras malas rachas en la historia del fútbol argentino. La peligrosidad de la extensión del drama a otras disciplinas es certera, por ahora limitada, pero se exhibió en el clásico femenino. Con todo para ganar, el rival primó obteniendo un empate en el Bosque.

No nos tienen que venir a contar lo que es Gimnasia, y menos a querernos convencer de lo que no es.

Lautaro Fernández Elem-.

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