LLORONES

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Nació el mismo año que mi papá. Por eso siempre sé la edad de ambos. Fueron contemporáneos toda su vida y haber vivido al mismo tiempo los hizo más grandes a los dos. Diego sabe cómo hacerlo emocionar. Lo sabe porque lo emociona Gimnasia y él eso lo entendió. Diego llegó para entender a Gimnasia, por lo tanto, llegó para hacer emocionar a mi papá.

No lo van a creer. Pero mi papá también hizo llorar a Diego. Fue así: ellos tienen muchísimos amigos en común, han hecho largas giras en avión y cada vez que pueden hablan por teléfono. Han visto muchos partidos juntos y, aunque mi viejo es diestro y Maradona me parece que es zurdo, los dos eran buenos volantes. Una vez jugando en la octava recibió, la paró de pecho, tiró un sombrero, la puso al piso y siguió. Era en la cancha 1 de Estancia Chica. Después dejó el fútbol y encaminó su vida por otra vocación. Diego que tenía su edad ya era muy famoso pero en Argentinos. Francis Cornejo lo había visto y los Cebollitas eran un deleite. Así se fueron viendo, haciendo amigos, compartiendo momentos juntos, Diego le pedía consejos y cada tanto él se los daba con gusto. Dicen que mi papá tuvo un gran peso en la decisión de que llegue al Bosque, que le dio el último empujoncito. Que le habló de lo que era el Club, de lo que era la yunta de enfrente y esas cosas que contó en el video. Sí. Lo conoce mucho, de toda la vida. A cada paso que daba Diego, mi viejo lo sabía.

Claro. Diego no lo conoce a mi papá. Si les gustó el cuentito de recién es porque salió lindo. Pero un poquito real es. Porque sí: mi papá lo hizo llorar a Diego. Les cuento ahora lo que pasó, esto es verdad. Éramos un montón. Dos semanas antes habíamos perdido con Argentinos, en la lona. Miljevic le pegó, se desvió en Torsiglieri y chau Indio. La campaña de Ortiz cuando asumió no fue mala eh, pero el arranque de temporada fue letal.

Cuestión que idas y vueltas, una de las semanas con más nervios de mi vida por un montón de cosas, y la llegada de Diego Armando Maradona como flamante director técnico del Club de Gimnasia y Esgrima La Plata.

 “Es un milagro”, vino y me dijo. No había dudas, era lo que tenía que ser. Lo que alguna vez en las zigzagueantes y contradictorias vueltas de la vida tenía que ser. Las hojas en el viento que se dispersan aleatoriamente sin un destino predecible fue su eje de redacción durante unos días. Su pueblo con su alma unidos como no siempre ocurre.

Perdón, me fui por las ramas. Es inevitable cuando hablás de Gimnasia, ustedes sabrán, empezás hablando del gol de Caire cruzado abajo y terminás recordando esa vez que a Altobelli alguien le gritó desde la tribuna de 60 “movete, gordo que te pone en venta Agostinelli”. No importa, será para otro momento.

La cuestión es que llegó. Todo el mundo hablando de Gimnasia, hasta esos periodistas que no saben de qué se trata no por malos, simplemente por ignorantes. A todo esto, la presentación era el sábado, luego el domingo.

¿Vamos? Claro que vamos. El día estaba gris, nos tomamos el tren, en Pereyra se subió Fede que es de Trenque Lauquen, trabajó en La Plata, vive en Capital y es hincha de Boca pero nos quiere a nosotros y, por supuesto, viajaba a ver a Maradona. Caminamos por 1, después por el Bosque. Y llegamos. Como si jugara Gimnasia. Justamente porque jugaba Gimnasia. Y lo bueno es que estábamos seguros de que iba a ganar.

El tipo hizo llorar a todo el mundo (y sólo cuento los llantos de emoción y alegría, dejo afuera el hermoso llanto derrotado de los ingleses y de otros tantos rivales). A los napolitanos, a los mexicanos, increíblemente a gente de los Emiratos Árabes, a millones de argentinos. Y, como no podía ser de otra manera, a los triperos.

Pero acá hay algo curioso. Yo soy medio llorón, lo admito. Pero no me motiva la pena, a veces ni siquiera la felicidad en mi propia carne. Sino lo que les pasa a los otros. No va que veo a la gente lagrimear y ya el boludo se pone así que se afloja todo. Me pasó en el descenso. En ese día de mierda. Pitó Baldassi y la gente empezaba a llorar, pero no fue hasta que lo abracé a mi viejo que se largó él e inmediatamente me largué yo. Nos teníamos que quedar un rato largo hasta irnos, casi que fuimos los últimos en salir del Bosque. Al último que vi fue a un pibe chiquito, muy humilde. Habían pasado como dos horas, se estaba lavando la cara y secándose las lágrimas en una de las canillas que hay en los jardines. No te digo entendí todo, pero de Gimnasia ahí entendí bastante.

Humo, banderas, globos, fuegos artificiales. Maradona. Y ahí sí. “Olé, olé, olé, olé, Diego, Diego”. No, che yo ahí no lloré. Pero Diego, sí. Lo hizo llorar mi papá. Yo estaba convencido de que Diego lloraba por mi papá. Escuchamos un balbuceo, no entendíamos bien que decía. Y ahí no tengo mejor idea que preguntar lo más obvio y fácil de constatar que sucedía “¿Está llorando? ¿En serio está llorando?” Innecesaria por lo ostensible pero inobjetable por su realidad la respuesta de mi viejo: “YO estoy llorando”. Con la cara colorada y refregada por sus mangas.

Nada. Eso. Mi papá hizo llorar a Maradona. Los papás, las mamás, hijos e hijas de todos los presentes hicimos llorar a Maradona. Porque claro, su mamá le dijo “andá a donde te hagan feliz”, y él con lo justo, con lo tan humano, necesario y sencillo que es el afecto, es feliz.

Por supuesto que mientras lloro, termino este relato de llorones. De mi papá, de Maradona y de las lágrimas de felicidad que riegan nuestro Bosque, que juntas sazonan el olor a pasto que tanto le gusta a Diego. Gracias Dios por estas lágrimas, por este cumpleaños, y por muchos más.

Lautaro Fernández Elem.-

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