¿QUIÉN NOS CUIDA?: LA HINCHADA DE GIMNASIA

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Después de haber sido testigos de un pésimo operativo policial en el superclásico, se cruzaron en una final Argentina dos de las hinchadas más populares que tiene el fútbol argentino.

En estos dos meses que tiene mi hijo -sumados a los nueve meses de horno-, y los casi seis años que tiene su primita, hemos ido a muchos partidos tanto de local como de visitante: la gente de Gimnasia tiene ese instinto de manada que hace que nos sintamos tan cuidados como para viajar 1200 kilómetros con un bebé.

Durante el viaje tuvimos que parar varias veces en estaciones de servicio, paradas que requiere todo bebé, como coincidimos casi en el 80 % de la ruta con los rosarinos, en toda estación que frenamos había hinchas de los dos equipos.

No, la sociedad entera no está enferma. Y no, tampoco es el fútbol la culpa de todo. Ahí estábamos, rivales por disputar una final de una copa, haciendo fila para calentar el agua del mate u ofreciéndole servilletas al de al lado.

Llegamos a Mendoza cinco horas antes de que empiece el partido y dos antes de que abran las puertas, y extrañando nuestro Bosque, nos quedamos en el parque que linda con el estadio comiendo algo y festejando estar ahí. Muchas combis, micros y autos de Central pasaron muy cerca de toda esa marea de gente, dos o tres gritos con cargadas y seguimos cada uno en la suya.

Después el partido, y tras el partido una salida larga donde el embudo nos hacía caminar apretados, «guarda, ustedes vengan por acá», «fijate que hay un escalón» o «cualquier cosa agarrate de mi», otra vez la manada cuidándonos.

Después de algunas horas de viaje en la vuelta, después de otra recorrida con paradas técnicas donde volvimos a coincidir con los canallas. A eso de las de 11 de la mañana, nos frena un (in)operativo policial con tres motos y un patrullero, al costado de la ruta, casi llegando a Pergamino. Mucho sol, mucho calor, sin una gota de agua y con un bebé que necesitaba cambiar el pañal, consultamos. Querían esperar a los 170 micros y a todas las combis para llegar todos juntos. Una locura teniendo en cuenta que ya ni había chances de cruzarnos con el otro equipo, aunque habíamos demostrado que eso tampoco era un problema, y que la cantidad de micros nos decía que teníamos para por lo menos un par de horas ahí.

Bajamos, hablamos, la respuesta sólo fue que no deberíamos haber llevado un bebé; pero ya estábamos ahí y la policía que se supone que está para cuidar a mi familia lo estaba dejando sin agua en medio de la nada, «no me digas cómo hacer mi trabajo» fue otra respuesta. No éramos la única familia con nenes detenidos en la misma situación, pero, ¿qué más le íbamos a decir a una policía cada vez más amiga del gatillo fácil?

De nuevo la manada cuidándonos, y como siempre, el pueblo organizado vence, y tras cortar la ruta durante unos minutos, logramos que nos dejen avanzar.

Nos custodian, no nos dejan bajar en ninguna estación. El chofer de la combi logra esquivarlos y entrar en una YPF. Todo cerrado, la empleada nos atiende por atrás «nos prohíben venderles algo, si los dejo pasar y después me pasa algo y llamo no vienen, ya me pasó». Nos vendió comida y agua a escondidas, como delincuentes, pidiéndonos perdón.

Llegamos a La Plata tras 17 horas viajando, a costa de una policía que sólo quería justificar que estaban ahí haciendo algo, una policía a la que en estos últimos años le han dado tanto poder que gozan sabiéndose impunes, nunca cuidando al pueblo sino queriendo manejarlo a su antojo.

Hay tantas cosas que quiero enseñarle a mi hijo y que tengo miedo que se me pasen, pero la vida enseña sola y con dos meses ya fue testigo y víctima del accionar policial, en éste caso de la Provincia de Buenos Aires.

Mariana

Foto: Kaloian Santos Cabrera

 

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