EL HIMNO DE GIMNASIA, CON LA BENDICIÓN DE PATRICIO REY

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El Ensamble del Bosque aggiornó nuestra música institucional con la dirección musical de Sergio Poli. Ante Ginasiá, el destacado violinista reseña el proceso de trabajo y destaca la intención de que no haya quedada centralizada en un intérprete, sino es una obra colectiva, “más por lo que es Gimnasia”. Por otra parte, evoca las sensaciones de haber participado junto a los Redondos de “Lobo Suelto, Cordero Atado” y da cuenta de un permanente pulso tripero en las cuerdas.

“No te pido que me digas que sí, te pido que no me digas que no”. Con esta peculiar invitación, Juan Carlos De Marco persuadió al maestro Sergio Poli para que se ponga al frente de la nueva versión del Himno oficial del Club.

“Era un fierro caliente porque las cosas vinculadas a los símbolos, a lo sagrado, siempre son complicadas. Pedí absoluta libertad para trabajar y quedamos en eso. Lo fui maqueteando, lo mandé y como gustó, comenzamos a laburar. Luego grabamos con los músicos el cuarteto de cuerdas y la odisea fue lo que representa juntar tantos cantantes, bien decimos que la música es el arte de combinar los horarios…”, desliza y luego subraya un plusvalor: “que no quede centralizado en un intérprete me pareció una buena idea, abrir el juego a que sean varios, y más en un Club como Gimnasia, la obra colectiva”.

Así, se llegó la nueva versión del Himno -originalmente concebido por Delfor Méndez con música de Juan Serpentini– de la mano del Ensamble del Bosque, conformado por Sergio Poli, violín eléctrico, arreglos y dirección; Iván Bulecevich, guitarra; Chelo Fridman, bajo; Daniel Viera, batería; José María Bagnati, violín 1º; Javier Li, violín 2º; Eugenia Massa, viola; y Claudio Poli, violoncello.

Quienes pusieron su voz, fueron: Paula Mesa, Maximiliano y Daniel Bayo, Juan Carlos De Marco, Mariano Salvatore, Graciela Sánchez Giménez, María Emilia Bongiorno, Laura Albarracín, Laura Giménez, Los Yupanqui y Graciela Siman.

Tras destacar que se respetó el espíritu de la obra original, Poli reconoce que la “lavada de cara” era razonable, en cuanto a estética y calidad de grabación; inclusive desde lo simbólico, pues hasta en el Himno Nacional se ha dejado atrás la ultra solemnidad para darle lugar a las versiones de Charly García o de Jairo, por caso.

“Me gustó que sean varios cantantes y lo que sí introduje es repetir la última estrofa, lo hace más tribunero, más de masa cantando”, asevera el artista.

Ya con el trabajo plasmado, señala que “fue muy emocionante, cuando estás en el fragor de la batalla no te das tanta cuenta, luego sí. La idea es que quede para la versión de la voz del estadio, el área institucional, etcétera”.

“Lo que está claro es que somos todos de Gimnasia, si es por tocar y punto siempre se pueden conseguir gente, pero no es la idea, pasa por otro lado. Acá somos músicos todos de Gimnasia e implica el disfrute extra por la identificación con los colores”, sentencia.

Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir…

“Hola Poli, te habla Poli”, decía el mensaje en la grabadora del teléfono EnTel. “Era la manager de los Redondos que me convocaba”, indica el violinista, sin saber entonces cómo habían dado con él.

“Acudí a lo de Skay Beilinson y recién allí me comentaron el porqué del llamado: en la segunda parte de los 80 fui tres años seguidos con Cordal Swing a pasar los veranos a la Costa, volvíamos sin un mango pero nos la pasábamos un mes tocando a la gorra o en bares. Una noche estábamos tocando y ellos pasaron, se sentaron a escuchar, lógicamente que en ese entonces la cara de Skay no era conocida. Yo apenas los conocía por platenses pero no los había visto nunca en vivo aún. Después me dijeron que esa noche en Villa Gesell estuvimos charlando un montón, tomando una cerveza. Y desde ahí que tenían la idea de convocarme para grabar, lo que se plasmó con el disco Lobo suelto, Cordero atado. Fue el golpe de suerte que pasaron esa noche por allí y en ese momento de quiebre de la banda”, rememora ante la consulta del origen del vínculo con los Redondos.

Y sobre la histórica presentación de la placa doble en el Estadio Tomás A. Ducó, consigna: “Por oficio o caradurez, realmente no estaba nervioso. Es indudablemente fuerte lo de aquella noche. Estaba en la tarima, yo suelo tocar con los ojos cerrados así que no tomé la real dimensión… hasta que empecé  y noté algo raro, abrí y vi al Indio Solari ensimismado y luego sí: el mar de encendedores (ahora son celulares) todo el estadio y lo raro es que todo el mundo estaba cantando el solo. El disco había salido hacía unos días apenas”.

“El Indio dice que no es buen cantante, pero que lo ayuda la gente y confesaba que esa vez no iba a pasar porque el disco estaba muy fresquito ¡Las bolas! La masa sabía todos los temas de punta a punta y mi solo inclusive fue coreado. Una experiencia inolvidable. No es lo más trascendente que hice a nivel estrictamente musical, pero como experiencia de vida, tener 50 mil personas ahí abajo…”, confiesa Sergio Poli, quien dejó su sello en “Espejismo” y “Un ángel para tu soledad” de Lobo suelto, Cordero atado y “Scaramanzia” de Último Bondi a Finisterre.

Hoy por hoy, el metejón con las huestes ricoteras está latente en el aporte de Rocambole para el arte de tapa de su último disco, Luna de hielo (en vivo en Ciudad Vieja) y, claro,  las charlas de fútbol y rock, o el recuerdo de Solari cantando “me voy corriendo a ver que escribe en mi pared la hinchada del Lobo”…

“Me costó lo de no morirme cada domingo cuando juega Gimnasia, sangre, sudor y lágrimas”, admite, ya más sosegado el violinista y fotógrafo, aunque, como ironía de esto último dice no tener ninguna foto de la experiencia con los Redondos en plena gesta. “Hay una que sacó alguien desde la platea en la prueba de sonido, de muy lejos, no se ve una mierda. Lamentablemente no podía tocar y sacarme una foto a la vez…”.

Hace unos años, el docente y ensayista Sergio Pujol inquirió a Sergio Poli para una nota en Página/12 sobre destellos de vida prosaica en un artista de destacada trayectoria en las filas del Teatro Argentino y formación académica como él. En ese entonces, expresó: “alguna vez yo toqué en una función escuchando por los auriculares un partido de Gimnasia. Me animé a correr ese riesgo porque usaba el cabello muy largo, el director no veía los auriculares, y yo toqué las notas correctamente. Éramos 120 músicos, 16 violinistas. Y jugaba el Lobo, no me lo podía perder”.

Y hoy, ante Ginasiá abunda sobre esa anécdota, restándole todo tipo de dramatismo e incluso naturalizando el asunto: “No fue un partido ¡Fueron muchos! Pero viene de  las viejas Spika y ese audífono pedorro que venía, se escuchaban los partidos y ya… era práctica habitual, se hacía. Cuando juega el Lobo, juega el Lobo”.-

 

Marcelo Zilla

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