RESISTIENDO CON AGUANTE

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Bajo las premisas «Son todos lo mismo, salvo por los colores» y «La camiseta, la cancha o el club no importan, lo que importa es el jugador, incluso más que el equipo» han destrozado una cultura y las costumbres colectivas del fútbol argentino. Los yuppies desde los canales de fútbol y los directivos que plateizaron los estadios con el verso de las «barras bravas» (digo verso porque a esos grupos los dejaron, a los que excluyeron fueron a los hinchas más humildes) fueron devastando instituciones que eran verdaderos pulmones sociales y en algunos casos representaban la unión de los sectores más humildes de una región. Recordemos que los clubes, en plena dictadura, mantuvieron la democracia concreta del voto igualitario de sus socios, sin importar su condición social.

Antes era constante, hoy una rareza, totalmente ignorada por la prensa de los grandes canales y diarios deportivos: se trata de los hinchas que dan su tiempo y su trabajo para que un club mejore. Es decir metas que van más allá de lo individual. En los medios con nombres extranjeros le dan espacio al hincha solamente cuando se trata de un fans de un jugador, si saben mucho de futbol europeo o por algún acto de violencia. Pero dejan de lado el sentido de pertenencia y compromiso, la generosidad de quienes por amor se acercan a pintar el club que da asilo a tantos chicos y los vincula al deporte, le enseña participación, juegos compartidos, sueños colectivos. Le otorga una tribuna propia donde abrazarse con sus seres queridos, para festejar o para consolarse. Pero desde los medios masivos fueron adoctrinando ejércitos de fans de jugadores, suprimieron todo el sentido social del deporte y los clubes, pero eso sí, formaron “patriotas” de la selección en los mundiales, aunque después se caguen en sus compatriotas y su país. Fueron predicando que el club europeo que necesita comprar jugadores vale más que los clubes que los forman. Enseñaron a hinchas de clubes argentinos que era más importante saber cómo sale el Real Madrid que cómo van las inferiores de su club. Buscaron inculcar que las banderas estorban, salvo las dirigidas a los jugadores, especialmente a los «triunfadores» que son «llamados» por clubes europeos.

Acostumbraron a muchos que las camisetas «tienen» que cambiar su color porque todo se vende y todo se compra. A que todo es un bien de mercado y si alguno no le alcanza para comprarse la camiseta «oficial» se tiene que joder… Todo un símbolo de una concepción ideológica se ve en las camisetas, directivos que buscan manejar clubes con pocos socios que paguen más y no con más socios que paguen menos. Camisetas para pocos.

Pero hay resistencia, hay clubes que siguen demostrando cierta unidad de conceptos, gestos solidarios y una acción social y una identidad popular que va más allá de si su equipo ganó, empató o perdió. Son hinchas de «fierro» que no se hicieron hinchas de los resultados o de los jugadores sino que son hinchas de un club que es un espacio que reivindica la tan denostada y vapuleada pasión y la expresión popular.

Todavía hay hinchas que no abandonan la identidad de su club ni sus convicciones. Son Hinchas que no abandonan.

Rafael Ton

 

 

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