MI VIEJO ME ENSEÑÓ A TRAVÉS DE GIMNASIA

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Breve reseña sobre la detención del vicepresidente Alejandro Ferrer en el clásico.

Muchos años más tarde alguien iba a decirme que no podía entrar a la cancha, pero, ahora, estamos en noviembre de 1984, a días de que Gimnasia gane la final del certamen octogonal frente a Racing para volver a primera. Es sábado 3 de noviembre, el Lobo juega de local contra Arsenal y mi viejo la tiene la difícil. Creo que por eso mis padres decidieron que nazca en el Instituto Médico Platense. Todavía cuentan por lo bajo algunos integrantes de mi familia que a las seis de la tarde, cuando respiré por primera vez el perfume de los tilos, mi viejo se había escapado de la clínica para ir un rato a la cancha. Volvemos al presente y lo veo a mi viejo con sus casi 65 años y su carnet de vitalicio en la mano, sentado sobre un cordón amarillo mientras se juega el clásico, ritual innegociable, protagonista del año en el que los nervios y la ansiedad nos comen un poco el tiempo y nos dejan en estado litúrgico entre rezos y banderas, promesas y emociones, entendiéndonos en la magia que nos regala el Bosque, nuestro Bosque, en el que nacimos, elegimos crecer y vamos a morir.

Entonces, ya es 2018 y venimos caminando a pasos largos pateando coquitos, escuchando el fuego que estalla en las tribunas antes de que salga el Lobo, sintiendo el calor hermoso de una tarde de verano que nos vuelve a reunir con nuestro pueblo. Un policía de la bonaerense levanta la voz en alto: “No pasa más nadie”. Estábamos a la altura del Monumento, miro a mis costados: mi hermana, mi papá, del otro lado, tres chicas, cuatro o cinco viejos, un hombre en silla de ruedas con sus dos hijos, un pibe de unos 20 años con un nene en brazos. Éramos quince, veinte. Preguntamos qué pasaba y el que dio la orden empezó a cortar el camino entre el cordón policial y la gente que buscaba explicaciones. Los quince, veinte, sacamos los carnets en mano, como credencial, como pasaporte, como llave. En definitiva, el carnet era el comprobante burocrático que marcaba terreno, que atestiguaba que éramos de ahí, que esa era nuestra casa. Llegaban más policías, ahora a caballo, y otra vez lo mismo: “Somos socios”. Queríamos una respuesta, de alguien, de algo, una persona o un Dios que desde algún lado del mundo nos venga a reparar este destrato, esta prohibición injustificada de entrar a nuestro Estadio por el que tanto habíamos luchado en los tiempos difíciles. Sale Gimnasia a la cancha, luego Estudiantes, luego empieza el partido. Todo lo identificamos, y seguíamos ahí. Nos volvieron a decir que no había espacio en las tribunas. El carnet era nuestra garantía de entrada, y no había excusa alguna que nos pudiera dejar afuera.

Le escribo a Juan Manuel Lugones para conocer su verdad. “No hay más capacidad en la cancha”, responde el funcionario bonaerense. Entonces necesitaba que algún dirigente venga a explicar este fenómeno, si entró gente que no era socia, si el número de socios superaba la capacidad de la cancha, o bien, si la APreViDe estaba tomando de manera arbitraria la decisión de prohibir el ingreso a este grupito de socios que estaba haciendo guardia a los pies del Monumento.

Y así pasaron los 45 minutos del primer tiempo, con la decisión unánime de quedarnos. Le escribí a prensas y dirigentes, a colegas de radios locales, a socios que estaban adentro. Quería y necesitaba saber la verdad: quién nos estaba dejando afuera y por qué. Si estábamos siendo víctimas de un acto discriminatorio, de una estafa o de la negligencia en los cálculos organizacionales. Entonces aparece Alejandro Ferrer con una remera azul de Gimnasia desde el otro lado del cordón policial. Habla con el supuesto jefe del momento y luego este último arranca: “Hagan fila con carnet en mano que van a pasar todos, sin empujar”. Otro de los policías llega a decir: “Van a pasar, hubo un error de tipeo”. Y, en medio de toda esa ridiculez a la que habíamos sido expuestos como hinchas, como socios y como personas, aparece un nuevo jefe policial: “Paren el ingreso, no entra nadie más”. Y, otra vez, Ferrer intentando explicar que este grupito de personas éramos socios, que teníamos nuestro derecho a ingresar, que éramos los dueños de ese lugar. Vuelven a habilitar el paso a los cinco o diez que aún no habíamos pasado y fue ahí que este mismo autodenominado jefe del operativo le corta camino a Ferrer y le dicta la detención: “Yo di la orden de que se cierren las puertas… te voy a hacer responsable a vos por la gente que está entrando”. Y así fue como se llevaron a la Comisaría Novena a un dirigente de nuestro club, tal vez, el único en 33 años como hincha, al cual vi dar la cara por un grupito de socios que habían sido marginados dentro de su propio territorio. Entonces, Ferrer iba a ser difamado por algunos periodistas locales, más otros porteños, por haber sido detenido mientras intentaba hacer entrar “barras” al Estadio.

Lugones no se quedó atrás con sus declaraciones. Y así se construyen las noticias, a veces por ignorancia y a veces por mala intención, pero, siempre, acercando los hechos a lo conveniente. A muchos les sirve hablar mal de Gimnasia, a muchos les sirve sacarnos del Bosque. No lo permitamos.

Vuelvo 33 años atrás, en esa tarde del cero a cero contra Arsenal, cuando mi viejo tenía algo así como la edad que tengo yo ahora, y me emociona repasar los momentos compartidos: en cada triunfo, un abrazo, y, en cada derrota, dos abrazos y un “en las malas mucho más”. No nos fuimos, no nos vamos y no nos vamos a ir: somos de acá.   

—  Juan Chiramberro —

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