SOBRE INJUSTAS DERROTAS

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A una semana de un gol olímpico, Gimnasia y un penal de esos que algún canal de deportes pasa, a fin de año, en la sección de rarezas del año futbolero.

La opinión tripera en 60 y 118 quedó dividida, el desconcierto ganó la tarde. A saber: están quienes alegan que no es inesperado caer ante uno de los mejores equipos de América, por el posicionamiento de Lanús en la Copa. Están quienes dicen que Gimnasia toca en forma intrascendente pero no lastima. Están los que eligen culpables – ¡Es que esta comisión directiva no trajo el delantero necesario para este tipo de juego, son pura propaganda por internet, ni siquiera consiguieron esponsor para la camiseta! – Gritaba alguno desaforado. Otro, ceño fruncido pero sin levantar la voz pedía paciencia, “Lo que es bueno lleva tiempo. Soso tiene las ideas claras, necesita tiempo.”

Más allá de estas distintas opiniones, dichas en caliente y escuchadas en la tribuna, siempre es una injusticia que pierda Gimnasia. Es injusto más allá del planteo, es injusto más allá de las rachas, los arbitrajes, de la mala tarde o de la mala suerte. Es injusto porque hay tipos ahí alrededor que le meten pasión al asunto. Son esos triperos que toman cada salida de Gimnasia al campo de juego como el más lindo amanecer. Termine como termine el primer tiempo, igual les duelen las tripas, de vivir todo intensamente. Son esos tipos que brindan por Gimnasia cada vez que pueden y que tratan de evitar el color rojo. Son los que llegan al Bosque con el abuelo, aunque el viejo no se vea. Son los que se han aguantado varios palos, demasiados, los que se levantan de las caídas sin cobrar un peso, al contrario.

Ahí está Daniela, desde muy temprano, con sus ocho meses de embarazo, y está “Ganzúa” en la popular, sí, el que se fue a Mar del Plata a ver al Lobo en bicicleta, está Alejandro que le gustaría volver a la época donde se trepaba al alambrado, está Pablo que se quedó sin trabajo hace cuatro meses y con el estómago cada vez más flaco, guarda peso a peso para la cuota porque no puede faltar, está Juan que tatúa las paredes con Lobos, están los que llegaron de caravana desde Los Hornos, y los que vinieron en micro desde Berisso, desde Ensenada, desde Magdalena. Y ahí están los chiquititos de hoy, parecidos a los de ayer, corriendo a la par de los jugadores debajo de la tribuna, porque también es el patio de su casa. Están los que añoran que vuelvan los visitantes para poder alentar al Lobo en todos lados, están los que tuvieron que ir a la sede, varias veces, para explicar lo obvio a los directivos: que hay que priorizar, defender y cuidar lo propio, el Bosque, el semillero, tratar de incluir a la gente que es de Gimnasia pero que hoy no tiene para comprar una camiseta cara o para pagar la cuota cuando el precio de la tarifa de luz se le lleva la mitad del sueldo.

Ahí en esas tribunas que se levantaron con el esfuerzo de todos, con todo en contra, sin mesías ni millonarios, están los nietos y los hijos  de aquellos locos que cuando había visitantes agotaban las entradas en los clásicos por pura ansiedad. Sí, ya se, a veces desmedidos, a veces calentones, pasionales, obsesivos. Pero en un tiempo donde parece que todo se mide por la guita, estos tipos se juegan por un sentimiento y eso vale. Por eso es que merecen triunfos, muchos goles, que se termine de completar su estadio, que Gimnasia sea un club solidario, popular, donde a nadie se lo deje afuera por su bolsillo y que todos puedan sentirse contentos, muy seguido, con triunfos sin trampas, producto de equipos con muchos jugadores surgidos de las inferiores.  Rafael Ton –

 

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