JUGUEMOS EN EL BOSQUE O EN LA CAPITAL…

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Una nota totalmente actual por clamor popular, la vuelta de los visitantes, aun en condiciones económicas adversas para toda la sociedad, ocupa un lugar determinante en toda charla de tablón. Sin respuesta, los organismos de «seguridad», juegan su partido para los multimedios y pretende adoctrinar al hincha para amoldarlo a una vacía programación de televisión.

QUE VUELVA EL VISITANTE

Por – Rafael Ton – AÑO 2015 –

En los últimos años se produjeron cambios sociales y culturales que afectaron al fútbol. Estos cambios socavaron su condición popular y transformaron el comportamiento de los hinchas. Lo que ayer era impensado y utópico, hoy, bien o mal, es una realidad. Imagínese subirse a un DeLorean, viajar al año 1970 y describirle a un hincha de Gimnasia, Racing, Huracán o del club que sea: “En el 2015 no habrá visitantes”. Sería algo inconcebible para esa época.

Da la impresión de que la popular siempre fue un estorbo para algunos grupos de poder, y esto incluso antes de las llamadas “barras bravas”. En el Mundial 78, los mismos que alentaban a la selección campeona de Menotti y Kempes en la popular silbaron al dictador Videla en la cancha de River. La mayor parte de los plateístas miraron para otro lado, o bien se quejaron de que “no era el momento, en una fiesta… Estos negros…”. El tiempo dejó en claro cuál de las posturas fue más comprometida y más clara en aquella época. Antes de ese Mundial hubo una campaña en contra de los papelitos para recibir a la selección, ceremonia usual con los equipos. “Van a decir en el exterior que somos sucios”, acusaron. Por suerte Caloi, su Clemente y los hinchas anónimos pudieron más. En definitiva, ganó la expresión popular.

En el Mundial 86 hubo dos hechos que impactaron en el fútbol y provocaron, a futuro, cambios notables. Los “barras bravas” tomaron una notoriedad impensada: distintos medios indicaron que el técnico y jugadores ayudaron económicamente a estos grupos a viajar a México. Eran invitados. Los barras, categóricamente, se dieron cuenta entonces de su verdadero poder. Se “aplaudía” el robo de una bandera inglesa. Salían en los medios gráficos. El otro impacto fue la genial actuación futbolística de Diego Maradona, que despertó en Argentina una pasión por sí misma, más allá de la alegría deportiva, el orgullo y la admiración que suscitó en todo el planeta.

En consecuencia fue cambiando el paradigma de muchos hinchas, sobre todo de los más pequeños. Ya no fueron solamente hinchas del club o de la camiseta, sino que se acercaron al fútbol exclusivamente por los jugadores. Como dije antes, si nos subimos al DeLorean y viajamos en el tiempo antes del 86, podremos ver un cambio profundo en cuanto a los jugadores. Comparar los sueldos de entonces con los de ahora, verificar el espacio que ocupaban y ocupan en los medios periodísticos, y la cantidad de autógrafos que firmaban y firman hoy, son pruebas de estas transformaciones. Numerosos clubes se endeudaron, mientras los jugadores elevaban costos en premios y salarios en forma descomunal. Los más destacados empezaron a declamar que su meta era emigrar a Europa. Al principio un jugador que decía esto ofendía al club que le estaba “dando de comer”; con el paso del tiempo se naturalizó.

Hoy el hincha, por ejemplo para los medios de comunicación masivos, es simplemente escuchado y visto cuando habla de un jugador estrella. Una bandera a un jugador, un tatuaje por un jugador o un cartelito a un técnico pueden aparecer y comentarse, tener difusión. En cambio, otras expresiones de los hinchas son casi ignoradas. Si sale Gimnasia al campo de juego con 22.000 banderas bailando en la popular, dando forma a un espectáculo de esos que los turistas extranjeros pagan para ver de cerca, estos medios, como mucho, le otorgarán una línea o un instante en la pantalla. El hincha no tiene valor. Si Gimnasia pierde y la gente no rompe nada y se dedica a cantar su amor por el club, los medios lo traducirán como un reconocimiento a los jugadores y punto. El hincha es noticia si hay un suceso violento o si surge algún tema en especial con un jugador de primera. Porque a la mayoría de los periodistas deportivos les importa solo eso: la entrevista, el chusmerío, la figura, el técnico… esos son los protagonistas excluyentes. Aunque para ocupar los horarios en tantos programas televisivos o radiales se hagan preguntas tales como “¿Están contentos tras golear? ¿Esperan ganar el próximo partido?”, los hinchas, los que pagan cuota, los que compran las publicaciones sobre fútbol, los que miran el canal deportivo, los que asisten con lluvia, frío o calor, los que cuelgan una bandera, los que animan y dan vida a los clubes que son el sostén de los equipos donde hay jugadores… esos no existen, salvo que sea para acusarlos o sospecharlos de violentos.

En los 90, los hinchas más humildes fueron corridos de los estadios. Los precios dejaron de ser populares. Les sacaron la rutina del fútbol, si hasta para ver un partido por televisión tenían que pagar el “codificado”. Y como los jugadores que más valen son los que juegan afuera, les inyectaron horas y horas de fútbol europeo, ese que parece estar obligado a comprar jugadores argentinos, brasileños o uruguayos para poder ser. Las costumbres del folclore futbolero fueron despreciadas, y con la noble misión de extirpar a los barras bravas, terminaron cortándoles las banderas a los hinchas, les sacaron los papelitos y los fuegos artificiales, les ordenaron sentarse y no saltar, les prohibieron ir de visitante. Pero, eso sí, las barras bravas siguen estando. Parecería que la misión habría sido otra ¿no?.

A la hora de identificar el problema del fútbol, los dedos de los intelectuales de la cosa invariablemente señalaban el núcleo de la popular, nunca para el sector de los directivos que fundían clubes, nunca a los jugadores y sus intermediarios que pedían cifras desmedidas en medio de crisis económicas, nunca a los organismos supuestamente encargados de la seguridad que, con distintos nombres, insistían en prohibir y limitar el acceso de los hinchas genuinos. El que sentía pasión por su club, el que vivía pegado a su carnet y su bandera, seguía perdiendo espacio en el fútbol. El más perjudicado en todo esto fue el que ponía su esfuerzo, su pasión y, claro está, su dinero en cuotas, entradas y hasta en camisetas que se terminaron cobrando como si fueran fabricadas con hilos de oro y que los intimaban —e intiman— a ser un cartel más de publicidad ambulante.

Recorriendo a pie la periferia de La Plata se puede comprobar que Gimnasia gana por goleada. En los últimos años hubo pocas alegrías futbolísticas y, sin embargo, Gimnasia es mayoría en los barrios humildes. Eso sí, muchos, pero muchos de verdad, no van a la cancha. No saben lo que es ir a la cancha porque les fue resultando cada vez más caro y dificultoso. Los hicieron sentir de segunda clase. inaccesible la «oficial, fueron empujados a utilizar camisetas «truchas»; exigencia de carnets o una suma de dinero que no poseían para ser incluidos. Obviamente, no tienen sentido de pertenencia hacia el club, ellos son de Gimnasia por herencia, porque la murga vino al barrio, porque un grupo de triperos les regaló la camiseta, porque hay un mural que les indica “Gimnasia es pueblo”, y porque los humildes como ellos, la mayoría, sienten algún tipo de identificación con ese Lobo.

En el ámbito del fútbol se perdió la batalla cultural; en los 90 quedó impregnado en muchos el “vale la plata, que gane el equipo y nada más”. Te van a decir: “Por dinero cambiemos el color de la camiseta, la mascota y el nombre, y con esa plata compremos jugadores, vamos a darle estímulo con premios”. El discurso pragmático fue: no tiene valor ser socio, no tiene valor recibir al equipo, no tiene valor participar en asambleas democráticas en los clubes o pintar una bandera o asistir a un banderazo, ni quedarse en la tribuna cantando aun en la derrota. Nada de esto tuvo valor ni espacio en la mayoría de los medios – salvo en el caso de que se produjeran incidentes -. Poco a poco fueron sellando en la comunidad futbolera que lo único que sirve es: “Tener plata para comprar jugadores, la vida de los jugadores de primera y salir primeros”. Ojo, con esto no se quiere decir que reneguemos de los deportistas y resultados, pues es obvio que los hinchas desean ganar, y que hay jugadores que se ganan el afecto de los hinchas por su forma de ser o por su entrega o su calidad, solo remarcamos que no es lo único importante.

El pensamiento inculcado desde los 90 a esta parte fue expuesto en la publicidad del “Gran DT 2015”: un pibe de Boca pasa años en coma, se despierta y los padres le dan las noticias: ocho clásicos en un año, Boca usó una camiseta rosa, los descensos de River e Independiente, el torneo de Racing, la Copa de San Lorenzo y otras reseñas. Pero el pibe recién se pone verdaderamente nervioso cuando le hablan de Riquelme… El mensaje es claro: el jugador por encima de todo, inclusive de las instituciones, la historia de las camisetas que defiende y de los resultados más asombrosos. En definitiva, se apunta al endiosamiento individual y no a lo colectivo —y menos aún a lo masivo— que propone la popular de los clubes multitudinarios. El hincha fue encasillado e instruido para ser un simple fan de jugadores,  y no pocos siguieron ese camino. Los clubes no son vistos como pulmones sociales, con identidad propia, entes que apoyan lo pasional y el deporte, son mirados, desde los 90,  como meros recipientes de equipos de jugadores.

Todo esto fue llevando a que los hinchas ni siquiera tuvieran acceso a la aventura de ir de visitante, a gritar “¡Dale, Lobo!” y sentirse uno más entre la multitud, elegir el cooperativismo, el plural, el nosotros. Saltar al lado de otro relaciona, es un factor de unión: hasta dos desconocidos pueden darse abrazos y trabar amistad, y eso tiene un valor. El resumir todo a sentarse cada cual en una butaca distante de otra y limitarse a mirar lo que hacen los jugadores no es lo mismo. Y eso también lo vendieron como “avance”.

Ya no se ven trenes con banderas y manos moviéndose. ¿A quién le gritaban? A la vida, a estar vivos, a pertenecer a una tribu y sentirse de fiesta por eso, más allá de un resultado. Ya no retorcemos la billetera con el carnet haciendo cuentas: nafta, popu y choripán, a ver cuántos podemos ir en el auto de un amigo. Ahora las tribunas solamente oyen monólogos. Se perdió el ir sin que importe tanto quién se pone la camiseta, quién arma el equipo o quién es el árbitro que seguramente nos hará enojar… porque en primer lugar se iba a gritar por la camiseta que lucha lejos de casa. Es una pena.

Y lo peor, les han sacado a nuestros pibes la posibilidad de vivir algo maravilloso: clásico de visitante, está por salir el Lobo, empiezan a brotar los papelitos por pura ansiedad, el coro se hace ensordecedor, el movimiento es una ola que indica la tempestad que se viene. El clásico de visitante era para la estadística, porque Gimnasia era local. Y que nadie conectara un cable porque estallaba todo, la electricidad era azul y blanca y estaba toda allí. El orgullo de ese momento equivalía a una victoria grande, y de las grandes de verdad. Eso les han quitado a los hinchas triperos, que son los que ponen, aguantan y siempre están. ¡Que vuelva todo aquello, por favor! ¡Que vuelva el visitante! – Rafael Ton – Junio 2015

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