“TODO LO QUE QUEREMOS SER»

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Tapa Revista Ginasiá Nro 28
Tapa Revista Ginasiá Nro 28

TODO LO QUE QUEREMOS SER

Por Marcelo Zila 

“Bienvenidos al lugar donde los valores se enseñan”. Esta frase acompaña la célebre foto de René Favaloro abrazando la camiseta de Gimnasia en el Campus de Estancia Chica del Club Gimnasia y Esgrima La Plata, cada vez más próximo a concluirse y que ya es motivo de orgullo de los triperos.

El mismo orgullo que nos insufla el alma por nuestro hincha más ilustre, el cardiocirujano que salvó miles de vidas con su técnica coronaria y que en los pocos recreos que le daba su profesión estaba más a gusto paseando por el Bosque saliendo del Mondongo que en una almidonada conferencia científica de primer mundo.

A 15 años de su inmolación, arrinconado por la burocracia y desidia estatal, creemos justo un humilde homenaje de su patria chica, con memoria y reivindicación. “Sueño y lucha”, legó el doctor, y lo hacemos carne. Porque Gimnasia es estoicismo y -como bien dijo Gabriel Fernández en Ginasiá!-, también es desesperación.

Mientras esto sucede, en la Ciudad de Buenos Aires se está por consagrar como jefe de Gobierno a uno de los verdugos. El calvo lenguaraz, afecto a las cámaras, que parece olvidarse (y parece que nadie quiere hacerle recordar) que durante su mandato en el PAMI tuvo la bajeza de negarle a la Fundación Favaloro los fondos que le eran propios, precipitando el final.

Previo a esta gestión, la obra social de los jubilados, bajo la intervención noventista de Víctor Alderete, propuso mandar un auditor para ver si los pacientes tenían el aval médico para ser operados; esto es: un administrativo debía evaluar al propio inventor del by pass si correspondía o no la intervención. Si se esperaba dicha auditoría, el paciente moría. Adrede, no iban, pese a que estaba todo documentado y con historias clínicas, el dinero no aparecía.

“En 48 horas estos 5 millones los cobran”, mandó a decir Alderete a través de un secretario en relación a la abultada deuda, “pero con 15 por ciento de retorno”. Ante la negativa tajante: “yo no doy ninguna coima a nadie, es el trabajo de todo mi equipo”, Favaloro no vio un peso.

Hondo anhelo de triunfar

Una vez en la Facultad, durante mis largas caminatas por el Bosque, a veces me decía que, quizá, con un poco de esfuerzo podría constituirme en el primero de mi clase. Es difícil de explicar. Sentía la necesidad de ser el primero, sin que ello implicara arrogancia o soberbia; era una profunda necesidad espiritual que debía satisfacer a través de una entrega absoluta y en competencia leal…

LOGIA TRIPERA

Como si siguiera los preceptos del hermoso himno de Gimnasia y Esgrima La Plata, Favaloro desde el vamos tenía en claro sus objetivos y lo reseñó en ‘Memorias de un médico rural’, el libro en el que narra su década en Jacinto Aráuz, un pequeño pueblo pampeano donde hizo historia. Se trata de una obra de inquietante vigencia y que debería ser lectura obligatoria en la Facultad, más allá del estricto quehacer médico, por constituirse en un manual de ética y moral y sobre todo, entender que la medicina es humanismo.

¿Aceptaremos, sin ambages y sin justificaciones que esta sociedad que llamamos occidental y cristiana está llegando a su fin? ¿Seremos testigos complacientes de que nuestro país también alcance los niveles de libertad desenfrenada de la sociedad de consumo donde la droga, la violencia, el abuso sexual, el crimen, el despilfarro, la destrucción de la naturaleza y la injusticia social son sus resultantes?

Es necesario insistir una vez más que si no estamos dispuestos a comprometernos –principalmente los universitarios- a luchar por los cambios estructurales que nuestro país y toda Latinoamérica demanda –sobre todo en educación y salud- seguiremos siendo testigos de esta sociedad injusta donde parece que el tener y el poder son las aspiraciones máximas.

Quien olvida sus raíces, pierde su identidad

En 1992, en el aire de Radio Provincia, el doctor fue entrevistado en el ciclo “Mesa de Deportes” por Néstor Basile y Javier Limousin. En aquel entonces, recién se comenzaba a hablar del tema de la construcción de un mal llamado estadio único en la ciudad.

La respuesta del galeno fue categórica: “la idea de mudarse en lugar de cultivar los cimientos ya existentes no me atrae. Doña Cesárea, mi abuela, me enseñó desde muy chico, a amar la tierra. Los tilos que rodean el estadio de Gimnasia, su perfume, sus cambios acompañando el clima, son parte de mi historia, cuando iba con mi tío o cuando acomodaba los horarios de estudio, ya siendo más grande. No son solo recuerdos, son raíces, tallos donde floreció un sentir, como indudablemente le pasó a mucha gente. Y esos recuerdos hay que protegerlos, son como dije antes, un cimiento humano necesario”.

Como secretos de esa tierra pródiga, al graduarse, Favaloro le dedicó la tesis del doctorado “a mi abuela Cesárea que me enseñó a vez belleza hasta en una pobre rama seca”.

Hoy, mientras crece y crece la Tribuna H ‘Néstor Basile’, justamente enfrentada a la platea techada ‘René G. Favaloro’, el apotegma de “sueño y lucha”, adquiere renovado empuje. A su modo, dos paladines de la causa gimnasista, inmortalizados en el Estadio del Bosque.

El objetivo de la medicina que concibió siempre fue el de la igualdad: “al servicio de todos, sin diferencia de condición social; desde el estanciero al peón, todos serían atendidos por igual, como Dios manda. La salud es un derecho inalienable que no tolera privilegios”.

Además, dio cuenta que “los progresos de la medicina y de la bioingeniería podrán considerarse verdaderos logros para la humanidad cuando todas las personas tengan acceso a sus beneficios y dejen de ser un privilegio para las minorías”.

La camiseta del Lobo, la llevo en el corazón…

Foto – Samanta Díaz

La imagen antes mencionada, la del doctor estrujando la casaca de sus amores, tiene su historia. La fotógrafa Samanta Díaz trabajaba entonces para el periódico de Néstor Basile: “Tribuna Gimnasista” y para la Comisión de Relaciones Institucionales del Club.

Cumpliendo sus labores, en diciembre de 1999 asistió a un asado organizado por los hermanos Bayo en el Club Platense. Allí se encontraban integrantes del histórico Lobo de 1962; del equipo del ascenso de 1984; el entonces presidente Héctor Domínguez con buena parte de su comisión directiva; Néstor Basile y decenas de hinchas caracterizados.

En ese marco, le alcanzó la camiseta y le dijo: “Doctor ¿Puede ser una foto con la camiseta?”

“Fue algo mágico, no se puso en pose, simplemente la tomó y la abrazó con todo su amor. Fue tan fuerte la escena que nos quedamos mudos todos, era como si abrazara una persona querida”, resumió Samanta.

Fotógrafa Samanta Díaz y una fotografia que dió la vuelta al mundo: Favaloro abrazando la camiseta de su club.

Esa instantánea hoy está en un hospital de Estados Unidos donde Favaloro dejó su sello profesional; en el Campus; en el Museo del Médico Rural y en su momento fue tapa de la revista oficial.

Espontánea y sin mediar palabras, dicha fotografía fue un verdadero abrazo del alma.

Alabado por los humildes, envidiado por los poderosos

En los congresos médicos, él mismo decía que en el auditorio esperaban encontrarse con un científico de alto nivel, pero con orgullo expresaba que se encontraban por el contrario ante un médico rural, pues así se sintió siempre.

Según nos reseñó su primo hermano, Domingo, cuando la cosecha venía flaca, ni pensar que podía cobrar sus honorarios en Jacinto Araúz aunque la gente del campo ya no sabía cómo agradecerle todo lo que él hacía por la comunidad. Le mandaban lechones, huevos, embutidos, le tapaban la casa de comida y hacía encomiendas para La Plata porque debía aceptarlo para que los pueblerinos no se ofendan.

Para poder atender a la gente que estaba más alejada, contrató un micro que pasaba a buscar pacientes por los pueblos, los revisaba y luego los llevaban de regreso a sus hogares.

Con la clase dirigente mirando para otro lado, en la Fundación Favaloro nunca se dejó de operar. Cierta vez René se cruzó en el hall con una santiagueña que cargaba un bolsito. “¿Dónde es que va usted?”, interrogó. “Al pueblo doctor, no puedo pagar por la operación”. “Yo le dije que de acá se iba operada. Vamos a hacer una cosa, usted como buena santiagueña debe saber hacer empanadas, entonces me hace dos docenas y estamos a mano”.

Hay cientos de historias mínimas de este tipo, como que en una operación que llevó mucho tiempo y terminó ya entrada la noche, los familiares estuvieron esperando largas horas. Al bajar Favaloro le anoticiaron que el círculo íntimo del paciente se había ido a un hotel cercano para pasar la noche, vencidos por el cansancio de un día –o más- de vigilia.

Le pidió a la secretaria los datos del hotel y a las 22.30 llamó por teléfono: “Habla el doctor Favaloro, sé que me estuvieron esperando, quiero decirles que salió todo bien, así pueden dormir tranquilos”.

En la última etapa, solo iba al exterior para dar conferencias con la única intención de lograr recaudar dinero para costear el funcionamiento de la Fundación. Lo hacía ya sin ánimos de viajar, aunque no tenía otra alternativa para la inyección de fondos, habida cuenta de los oídos sordos de quienes debían dar respuestas.

“Alabado por los humildes, envidiado por los poderosos”, como dijo el doctor José María Mainetti. Cuánta gente ha salvado, no entró a ningún sistema, a ninguna transa, molestaba en esa maquinaria y lo padeció en carne propia. “Quedé solo, parezco un mendigo”, dijo descarnado en una de sus cartas póstumas…

Cuando estaba en EE UU su anhelo era volver a la tierra, en las cortas vacaciones visitaba a los vecinos, se ponía de entrecasa y hacía los mandados. También la recorrida por el Bosque, por la cancha de Gimnasia, jamás chapeó en ningún lado. Nunca se olvidó del barrio, de los orígenes.

Hablaba siempre de La Plata, del barrio el Mondongo, de su Gimnasia. Eran tiempos sin internet y a EE UU se hacía mandar los diarios el día lunes a ver qué había pasado con el Lobo y cuando estaba en la Fundación también recibía a Griguol para hablar de fútbol y en su entorno ya estaban todos aleccionados para que le separen los comentarios periodísticos de Gimnasia.

Luis Díaz, vicepresidente de Gimnasia. Inauguración de anfiteatro en el Bosque platense.

Favaloro es de los pocos latinoamericanos con un monumento en EE UU. Está en Cleveland, donde forjó los hitos más importantes de su carrera, incluso querían que la clínica lleve su nombre. Y desde allí le mandaban cheques en blanco para que se quede, pero la tierra propia le tiró más.

“Un vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. En este momento en particular, las circunstancias indican que soy el único con la posibilidad de hacerlo. Ese Departamento estará dedicado, además de a la asistencia médica, a la educación de posgrado con residentes y fellows, a cursos de posgrado en Buenos Aires y en las ciudades más importantes del país, y a la investigación clínica”, rezaba la carta de renuncia a la Cleveland Clinic.

Justamente este mes de julio de 2015 la Fundación Favaloro cumple 40 años al servicio de la asistencia médica, la docencia y la investigación, con tecnología de avanzada en pos del humanismo médico, siendo el primer centro en trasplante de órganos en forma integral (unos 2 mil año); 15 mil internaciones y 5 mil intervenciones por cateterismo (líderes en Argentina, referentes en América Latina)

Homenaje permanente

El presidente de la Comisión de Homenaje Permanente a René Favaloro, Dardo Cotignola, actual integrante del Tribunal de Honor del Club, adelantó que está próximo a inaugurarse en el Bosque el anfiteatro verde que lleva el nombre del cardiocirujano, en un acto que contará con las presencias de miembros de la directiva, el intendente de la ciudad y el arquitecto Luis Díaz, mentor del proyecto.

Además, Dardo recordó que en ocasión del primer aniversario del fallecimiento de Favaloro, viajó a Jacinto Aráuz en representación del Club. “Se le hizo un monumento y Gimnasia fue invitado. Y no fuimos solos, fuimos con tierra de la cancha y con pedazos de tablones fundacionales de quebracho y allí lo dejamos, depositado al pie de la estatua. Y los lugareños colaboraban con en la excavación y recibieron gustosos banderines del Club”, recordó.

Vale mencionar que en la antigua estación del Ferrocarril está el Museo del Médico Rural y Gimnasia es padrino. Allí hay diversos elementos del antiguo consultorio y, por supuesto, emblemas de triperos y, como ya quedó dicho, la foto de René abrazado a sus colores.

Che Doctor, ganó Gimnasia

El médico rural que representó tan bien al país en toda su trayectoria, el que salvó tantas vidas y el que más sabe del corazón debía ser tripero. Nació un 12 de julio, y el destino quiso que justamente en esa fecha, en 2009, un vuelo del Enano Niell empujado por el pueblo más loco y luchador haya provocado el tercer gol ante Atlético Rafaela, en una infartante definición.

Fue un aullido con epicentro en el Bosque y una inmediata onda expansiva que hizo delirar a todos los barrios de la ciudad.

La eminencia que eligió ser médico rural y el ciudadano del mundo que es mondonguero emérito, vive en los corazones albiazules.-

Attaque 77 realizó una celebrada versión de “Donde las águilas se atreven” en ‘El Aguante’ de TyC Sports. Fue allá lejos y hace tiempo: “Podrán pasar mil años, y no salir campeón, prefiero ser tripero y no un pincha botón…”, decía la canción copiada de la tribuna. Años después, Ciro Pertusi, entonces todavía líder de la banda, compuso “Western”, canción que integró el disco Antihumano (2003). El homenaje rockero a Favaloro, a continuación:

¿Qué esperás? Producción descomunal
¿Qué esperás? Hollywood no existe más
¿Qué esperás? Esto es pura realidad
¿Qué esperás? Solución en el final
Superman nunca viene por acá
¿Qué esperás? Nuestro héroe es de verdad, nacional, bien anónimo y mortal

Es la historia de cada día
Siempre el mismo guion
Trabas y burocracia, ¡qué frustración!
Lo de siempre, lo normal, todo gris
Sin final feliz, en este film…
Los buenos mueren, los buenos mueren.

Observá, ¡no te pierdas el final!
¡Qué fatal!, paradoja singular
Nunca más, nuestro héroe volverá
Se marchó, por la puerta de atrás.

Decidió evitar la corrupción
Decidió y ahí nomás se suicidó
Y pensar que fue maestro del by pass
Y murió, de un disparo al corazón.-

René Favaloro – Gimnasista ilustre del milenio

Por Domingo Favaloro (*)

En primer lugar, como integrante de la familia, debo agradecer como lo hago sistemáticamente a Dardo Cotignola (actual representante del Tribunal de Honor de Gimnasia y presidente de la Comisión Permanente de Homenaje a René Favaloro), quien tomara la iniciativa desde hace 15 años de mantener vigente la figura de René a través de su ejemplo de vida.

A esta altura, desde el 2000 a la fecha ¡Qué es lo que no hayamos dicho sobre su sobresaliente personalidad!

Haciendo una elemental evaluación de su vida, indudablemente que se basó, como él siempre lo remarcó, en nacer en una familia, hijo de inmigrantes italianos que en su época (fines de la década de 1880), vinieron a nuestro país desde Sicilia (más precisamente desde Salina, una de las islas eólicas de Italia), con el único objetivo de trabajar a sol y a sombra para formar una descendencia basada en el ejemplo del trabajo, sacrificio, deseos de superación y lo más importante, todo ello cimentado en el respeto a rajatabla de las reglas éticas y morales que rigieron su conducta durante toda su vida.

Nuestra abuelo, Girolamo Favaloro, al llegar a La Plata, se radicó en la casa centenaria de calle 68 entre 2 y 3, siendo zapatero y feriante, crió a sus siete hijos dándoles educación y un oficio (Juan Bautista, padre de René, fue ebanista; mi padre, Domingo José, tornero mecánico y uno de ellos, Arturo, con el apoyo económico de sus hermanos fue el primer médico de una familia que en la centuria de 1900 al 2000 fue la única con siete médicos en tres generaciones en la ciudad).

Es por eso que René (nacido el 12 de julio de 1923), siempre decía que el mejor legado que había recibido fue esa educación familiar que le permitió estar al lado de su padre ebanista, a quien ayudaba en la carpintería cultivando casi sin darse cuenta esa manualidad que luego brillaría en su aptitud quirúrgica, reforzado por la observación detenida de su madre modista, de quien fue aprendiendo los distintos puntos de costura pegado a su máquina de coser.

A ello se sumó el amor por la tierra, inculcado por su abuela materna, Cesárea, a quien le dedicara su tesis doctoral con esta frase: “Para mi abuela Cesárea, quien me enseñó a apreciar la belleza hasta en una pequeña rama seca”.

Todo esto lo marcó a fuego y le dio el perfil de su personalidad, sobre la base de la vocación médica, docente y fundamentalmente humanística. René siempre decía: “el médico que no es humanista, no merece ser médico. Además, para ser buen médico, debe ser buena persona y para ser buena persona, debe provenir de una buena familia”.

Cursó sus estudios primarios en la Escuela Nº 45 “Manuel Rocha”, sita en 68 entre 115 y 116, desde 1929 hasta 1935. En 1936 ingresa al glorioso Colegio Nacional “Rafael Hernández”, donde tuvo grandes profesores a los que siempre recordaba, como Carlos Sánchez Viamonte; Ezequiel Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña. Inspirado en este último, escribió el libro “Don Pedro y la educación”.

Egresó del Nacional en 1941 y desde 1942 comenzó sus estudios terciarios en la Facultad de Medicina, recibiéndose el 29 de agosto de 1949.

Con todo ese bagaje, ejerció durante más de 10 años como médico rural en Jacinto Aráuz (hacia donde partió el 25 de mayo de 1950), un pueblito de la provincia de La Pampa, a 200 kilómetros de Santa Rosa, lugar donde pidió en su carta póstuma que arrojaran sus cenizas, y donde actualmente existe el Museo Histórico recordándolo a través de la recopilación de sus elementos de trabajo, en un lugar donde antes estaba la estación del Ferrocarril.

Hospital General de Agudos Dr. René Favaloro en La Matanza. Inaugurado en el 2015.

A ello se agrega el monumento a René Favaloro en la plaza del pueblo.

En ese lugar, como él decía, “machimbrado” con la tierra, a través de su ejercicio profesional cumplió una tarea vocacional que luego plasmaría en Estados Unidos, realizando un verdadero trabajo de equipo con los habitantes del pueblo: comadronas, enfermeras, a quienes incorporó a su labor, logrando con esa actitud docente (enseñando a asistir los partos, a preparar las mamaderas, tratar las diarreas en los lactantes, etcétera) a obtener una mortalidad infantil cero.

Considero que ese fue el primer gran hito que marcaba claramente su personalidad humanística, estimulando la salud y la educación, base de un país de primer mundo.

Posteriormente, su trayectoria fue más conocida al partir en 1962 a la Cleveland Clinic (Ohio), Estados Unidos, con la recomendación de su querido “maestro”, el doctor José María Mainetti.

Allí su aporte trascendental fue el 9 de mayo de 1967 al realizar la primera cirugía programada de by pass aorto-coronario con la vena safena, debido a una oclusión de la arteria coronaria derecha, en una paciente de 51 años.

Este hecho lo catapultó mundialmente a tal punto que en febrero de 2000 en La Florida, Estados Unidos, lo nominaron como una de las leyendas del milenio. A su vez, el doctor Mainetti afirmó: “hubo una cirugía cardiovascular en el mundo antes y otras después de Rene Favaloro”.

En todo el tiempo que estuvo en Estados Unidos, permanentemente se refería a La Plata, como ciudad universitaria por excelencia; al barrio El Mondongo (fue condecorado por la Biblioteca Euforión como “mondonguero emérito”) y a su querido Gimnasia (del cual como toda la familia era hincha fanático), llegando a presidir su Tribunal de Honor, en ocasión del retorno del Lobo a primera el 30 de diciembre de 1984.

Respecto a la ciudad, en noviembre de 1994, en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires, en una jornada sobre La Plata y su rol de capitalidad, dijo: “Hagamos de la ciudad de La Plata la gran capital del desarrollo, de la formación humanística y cultural del hombre, con profundo sentido social y de convivencia. Sobre la base de una Universidad que le imprima su sello para constituirse en vanguardia en el campo de la cultura, donde se practique el ejercicio pleno de la democracia, respetando las ideas de cada uno de sus habitantes”.

Retomando su trayectoria, volvió con sus ilusiones a la Argentina en 1971, radicándose en el Sanatorio Güemes, pero su idea fue la de crear un Fundación, como tantas hubo visto funcionar en EE UU. La inauguró en 1975, posteriormente en ella creó el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular en 1992 y la Universidad Favaloro en 1998.

Se puso como objetivo cumplir una tarea donde se abarcara la asistencia, prevención, docencia e investigación sin fines de lucro (o sea, devolviendo en calidad asistencial a la sociedad lo que ella aportara para su funcionamiento).

Por motivos que sería largo enumerar, no lo pudo plasmar, y ello constituyó un golpe mortal que lo llevó a la inmolación para no quedar prisionero de un “sistema” que colisionaba con sus proyectos futuros, alimentados por una formación basada en su educación familiar, la libertad individual y el compromiso para desarrollar sus ideales.

Como dijo el profesor Mainetti “René fue un hombre público envidiado por los poderosos y alabado por los humildes, que no pudo ser capitalizado para la política. Vivió en un país que no era Nación, porque le faltaba un proyecto de vida en común, ya que habíamos olvidado ‘Las Bases’ de Juan Bautista Alberdi”.

En definitiva, René se inmoló por defender sus ideales que chocaron con la realidad de una sociedad en que le tocó vivir y que representó un grito desesperado ante una Argentina sorda.

Para finalizar, quiero recordar las 10 reglas de oro que René legó para los jóvenes y que son las siguientes:

1) Honestidad

2) Culto de la verdad

3) Defensa de la libertad

4) Lucha por la democracia

5) Solidaridad

6) Responsabilidad y compromiso en todos los frentes

7) Lucha por la dignidad del hombre

8) Pretender una vida mejor en la tierra

9) Bregar por la unidad latinoamericana

10) Entender que nada, nada, nada, se consigue sin esfuerzo.

(*) Socio Vitalicio Nº 101.343 Primo hermano del doctor René Favaloro.-

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