TRAIGAN RIÑONES, QUE CORAZONES SOBRAN

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Pico junto a Fercho Dominguez y Rafael Ton en el homenaje de Radio Bosque (2016) a "Tribuna Gimnasista".
Nota publicada en Revista Ginasiá! en Junio de 2011, con motivo del 124 nacimiento del Club Gimnasia y Esgrima La Plata
TRAIGAN RIÑONES, QUE CORAZONES SOBRAN
Por Pico Sanzone
Pico Sanzone

«Pedazo de tablón del estadio de Gimnasia y Esgrima La Plata. Mudo testigo de miles de batallas deportivas. Sintió en la dureza del quebracho, el llanto, la alegría y la pasión de la mejor hinchada del mundo».

Siempre quise saber quién había escrito estas palabras que venían adjuntas en un cartoncito junto al pedazo de tablón que alguna vez, allá a fines de los 80, vez salieron a vender en el club para recaudar fondos, en los tiempos en que se le renovó el esqueleto al querido templo del Bosque. Nunca supe de qué corazón, más que de una mente, habrán salido semejantes palabras y confieso que más de una vez estuve tentado de robármelas, sólo para poder repetírmelas en esas noches de insomnio por la bronca o por la esperanza.

«Miles de batallas deportivas…la dureza del quebracho…el llanto, la alegría y la pasión de la mejor hinchada del mundo».

Era 1979…la noche en que descendimos me fui a tomar un café a Fuimiccino, un boliche que había por 49 y 7. Un gordo con cara de boludo estiraba delante de sus ojos un ejemplar de la Gaceta de la Tarde que impiadosamente rezaba: «Descendió Gimnasia». Otros, ante iguales instancias, han tenido mejores tratamientos. El gordo sostenía el diario como si lo estuviese leyendo pero era cantado que el suyo era un gesto de provocación. Todo el que entraba al boliche se encontraba con ese titular a ocho columnas en diario sábana. Con unos amigos estábamos como a tres o cuatro meses del gordo gil y todavía recuerdo el sofocón, la carrera loca y un poco el miedo de que la cana nos echara el guante después que pasamos junto a la mesa del gordo, en tropel, y se la dimos vuelta, le quitamos el diario y le dimos tantas trompadas que hasta un contador público nacional (si mal no recuerdo, entre aquellos vándalos había uno que años después lo seria) hubiese perdido la cuenta. Era el final de años difíciles pero intensos como todo lo que huele a Gimnasia. Había pasado la gran desilusión del 70 por culpa de aquel necio, pijotero y mugriento que todos sabemos. Habían pasado el loco Gatti y Chirola Pignani y el paraguayo Echauri, mamita. En la boca llevávamos el sabor dulzón de aquel cantito que rezaba «es el maestro cordobés» y de aquel otro que nos hacia reír para no llorar: «lará, lará, lará…Avelino, Verón…» Y vendría la cuesta arriba con aquel 3 a 0 en Villa Dálmine, contundente, premonitorio pero falso al fin y el cabo. Y los años rumbosos en que nos dimos el lujo de echar a un técnico porque al final de la primera rueda estábamos segundos y haber contratado a otro que no entrenaba en doble turno -decía el muy chanta- porque a la mañana tenia un conchabo en el ferrocarril.

Vimos tanto…masticamos tanta bronca en esas canchas de mierda. Chapaleamos tanto barro, chiviamos por tantos andenes…Puteamos tanto a esos que no pusieron lo que tenían que poner en el partido de ida contra Témperley y en la noche aquella de los penales. Fuimos en cana y fuimos tan felices aquel mediodía en que fletamos ese viejo Rìo de la Plata desde la puerta de la pizzería del viejo Mateo, rumbo a Rosario, a jugarnos la patriada en el octogonal. El viejo Mateo era de Boca pero nos hacia el aguante, con su compadre Omarcito. Estuvieron a punto de subirse al micro. Siempre dije que si Mateo esa mañana se venía con nosotros, la muerte no se lo hubiese llevado como se lo llevó durante aquella misma siesta.

Fuimos a consumir toneladas de antibióticos por aquella noche helada en que se nos peló la garganta de tanto: «u-rú-guayo», cuando el Hugo Romeo nos metió en la final de la Liguilla.

Fuimos los que copamos el Monumental, la Boca, Central…tantas canchas que nos resultaron chicas cuando el fútbol era una fiesta a la que no estaban invitados los ajenos como los del Noprocede.

Fuimos de otro planeta cuando en pleno invierno marchamos a Córdoba para vencer a Belgrano y jugar el partido siguiente seis meses después. Y dar la vuelta en el Bosque, bajo un sol abrasador.

Fuimos a la cita con la muerte que fue Rosario en el 95 y volvimos de Ferro parando en cada semáforo, abrazándonos y besándonos con propios y extraños porque el mundo del fútbol, todos los bien paridos del fútbol, querían que los campeones fuésemos nosotros y no la billetera de Tinelli. Fuimos dueños de un orgullo sin soberbia cuando en el 96 los tuvimos de rodillas, rezando para que no les diésemos la vuelta olímpica en su propia madriguera porque ese era su final, para siempre jamás. Centenares de proctólogos trabajando a destajo para extraerles del culo las latas con forma de copas. Era esa la imagen que los perseguía en sus pesadillas.

Fuimos los que inundamos Quilmes con lágrimas de alegría -las únicas que conoce el tripero porque las de bronca no cuentan como tristeza- y lloro, carajo, ahora otra vez, cuando me acuerdo de aquella noche, en el momento previo al penal picado de Luquitas, cuando el gordo Salomone miró al cielo y le pidió a Domingo: «patealo vos, viejo, patealo vos». Y lo pateó nomás, Domingo, desde el cielo, carajo.

Fuimos los que creímos que era cierto que el fulano aquel hablaba con Dios. Y fuimos los que bancamos a Pedro, por nuestro, por bueno, por merecedor del amor de un pueblo que no lo olvidará jamás.

Fuimos los que sufrimos el destierro al que nos condujo un gran mentiroso serial y los que celebramos el regreso para hacer eterna la resistencia. Eterna resistencia, que conste en actas.

Fuimos esos y somos esos.

Somos los que vamos a ir a donde haya que ir.

Somos los que tendremos la boca siempre llena de azúcar cada vez que pronunciemos un Dale Lobo como conjuro de las amarguras que intentan asaltarnos y que terminan rendidas, en el ridículo de ver que al otro día hay un pibe en la plaza con la camiseta tripera.

Somos los sobrevivientes, vencedores, siempre, de todas las formas de muerte con que el destino quiera probarnos.

En este aniversario, como siempre: traigan riñones, que corazones, sobran.

Pico Sanzone

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